Draben.
El sonido del oleaje rompiendo contra los acantilados de la isla era lo único que llenaba el vacío de la estancia. Dentro de la casa, el aire estaba cargado, denso como el vaho antes de una tormenta.
Mis ojos estaban en la nada, me encontraba sentado en el extremo del sofá, con la espalda rígida y las manos entrelazadas con tanta fuerza que mis nudillos habían perdido el color.
Llevaba ya demasiado tiempo en este lugar, mucho y eso no me gustaba. No había forma de salir de aquí, y no t