Capítulo 2

Pasan las horas y literalmente no me puedo concentrar en nada. Es como si mi cerebro solamente se concentra en cosas estúpidas, como en una mosca o lo dañado que tiene el cabello la chica que está al frente mío.

—Emma, ¿Tú qué opinas?. Ya que por lo que veo estás bastante concentrada en lo que hablo —él profesor de historia me sacó de mis ideas.

Puedo ver como toda la clase me está observando esperando mi respuesta. La verdad no tengo ni idea de que estaba hablando el profesor hace unos instantes.

—¿Emma? —vuelve a interrumpir mis pensamientos el profesor.

 —Lo siento, no escuché —respondí con cara de perro abandonado.

El profesor se dio la vuelta y agarró una especie de libreta grande. Sabe Dios qué fue lo siguiente que anotó ahí, estoy segura de que no era nada lindo.

***

Al terminar la clase nos fuimos.

Me despedí de mis amigas y subí a mi auto, es algo chico y viejo ¡Pero joder amo este auto!.

Encendí la radio para ver si estaba de suerte. Extrañamente cada vez que colocó la radio por algo de sonido, nunca encuentro alguna emisora que me de lo que busco. 

Quizás la suerte hoy estaba de mi lado porque al encender la radio, la melodía de una canción que reconocería con los primeros tres segundos comenzó a sonar. Sentí esa alegría y extraño placer que te da cuando escuchas una canción que amas en la radio, es irónico, porque cuando la buscas por tu cuenta no es lo mismo que cuando suena casualmente. 

"These Days" empezó a sonar. Amaba tanto esa canción que  provocaba que me comporté como una ebria, ya que apenas sonaba mí cuerpo se movía sólo. Siguiendo  pasos torpes, que me hacían dar pena de mí misma.

Sí, así fue mí viaje hasta mí departamento. Es un milagro que haya llegado con vida. Ni yo misma puedo entender como todavía no choque o mate a alguien. A veces todavía me pregunto cómo pasé la prueba de manejo. 

Hoy iba a venir a cenar mi mamá, estoy feliz porque hace tiempo que no la veo. Seguramente se estarán preguntando sobre mi familia o porqué vivo sola.

Les haré un resumen, no tengo papá. Mi papá murió cuando tenía siete años, llevo pocos recuerdos pero cada uno de ellos los atesoro con la vida, no hay día en que no lo extrañé o necesite tenerlo. Desde entonces siempre fuimos mi mamá y yo, pero no nos llevábamos bien viviendo juntas.

Había pelea tras pelea, así que apenas este año me mudé. Ella no lo tomó mal, al principio pensé que me iba a encadenar a una silla o algo por el estilo, pero su reacción me hizo pensar que ya quería que me vaya desde hace rato.

Desconectarse del ambiente tóxico que tu misma familia puede crear, es como volver a nacer. Estando sola pude aprender a valorar esa paz que antes no tenía. 

En fin, ella se quedó con mi abuela y de vez en cuando nos vemos aunque la llamo todos los miércoles a la misma hora de siempre.

***

Eran las nueve en punto y el timbre sonó. Mi mamá tenía ese encanto de poder llegar temprano, ni un minuto más o menos. Fui hasta abajo a abrirle, me recibió con  un cálido abrazo y fuimos directamente hasta arriba.

—Cielo, hay olor a quemado, ¿Dejaste algo encendido? —habló mi mamá, su rostro reflejaba confusión y disgustó ante el aroma que venía de mi departamento. 

—M****a. M****a. Más m****a, y todas las m****aa del mundo que pueda haber. ¡El arroz! —Grité tan fuerte que seguro los ángeles del cielo también me escucharon.

Entre corriendo, siendo consciente de con lo que me iría a encontrar, vi  que la olla estaba toda negra al igual que el arroz y el olor a quemado inundó todo, tuve que abrir las ventanas porque mi pequeño departamento era un ahumadero. 

Qué oportuna es la vida, que cuando más me empeño en demostrar que todo me va genial, se me cae el telón que no puedo aguantar. 

—¡Dios! Emma, hubieses pedido comida, sabés exactamente qué nunca fuiste buena para la cocina —habló mi mamá, mientras agarraba la olla y me ayudaba a limpiar el desastre.

—Al menos tuve la intención de recibirte con algo decente. —El tono de mi voz era apenas audible, no podía agarrar fuerzas para enojarme. No podía. En el fondo quería lanzar la olla contra la ventana y echar a mi mamá antes de que se ponga a criticar mi manera de vivir. 

—Lo siento pero sabes que te digo la verdad... ¿Qué es esto? —empezó a oler la salsa que con tanto amor había preparado. 

—Es salsa mamá, es salsa. ¿Qué otra cosa puede ser? —mi cara en algún momento iba a ponerse igual de roja que esa salsa, odiaba cuando criticaba todo de mí, una de las razones por las que me fuí.

—Veneno —dijo mi mamá entre risas —Lo siento cielo ya dejó de molestarte. Vamos a pedir comida, ven siéntate, llamaré a la pizzería.

Me senté sin ánimos y esperé mientras mí mamá marcaba el número de la pizzería. La espera fue un infierno, nos estuvimos mirando la cara durante treinta minutos sin saber que decir, lo cual es raro porque ella es una máquina de hablar, por alguna extraña razón estuvo callada hasta que llegó el delivery.

Lo siguiente también fue un infierno. Comer en pleno silencio. No sé qué era peor honestamente.

No había un tema de conversación, si lo hubiese al menos no comeríamos con tanto silencio abrumador. De todas maneras no había mayor tortura posible que tener que escuchar el ruido de como masticabamos en el medio del silencio.

Todo me parecía tan horrendo, así que decidí romper el silencio.

—¿Qué pasa mamá? —fue lo primero que salió de mí.

—¿Qué pasa con qué? —me miró con confusión ante mi pregunta.

—Por favor Luciana—la llamé por su nombre completo  cosa que odiaba, le gustaba solamente que le digan "Lucy" —Siempre que vienes a verme hablas hasta por los codos, no te quedas callada. Si ves que algo está mal acomodado eres capaz de dar vuelta mí departamento en diez segundos. Siempre me haces trillones de preguntas, desde qué hice ayer, hasta cómo fue el color de mi caca en estos últimos días. Por favor algo te pasa y no me lo estás diciendo.

—Esta bien tienes razón, hay algo que quiero decirte y no sé cómo —la manera en la que confesó aquello, sin poder profesar lo que estaba en su mente, me hizo preocuparme al instante.

—¿Qué?. ¿Qué pasó?. ¿Pasó algo con la abuela? —no oculté mi desesperación por saber.

—No Emma, tu abuela está bien. Es otra cosa... Sabes —empezó dando mil vueltas para hablar. Cuando creí que no iba a decir nada, su voz apenas audible sonó —Me... M-me voy a casar —y soltó la bomba.

Sus palabras hicieron que casi muriera atorada por un pedazo de pizza. 

Hubiera sido gracioso ver aquello en mi lápida.

—¿Cómo?. ¿Qué?. ¿Con quién?.

¿Cómo no me dijiste nada antes?. ¿Acaso te acuerdas de mí existencia? —Sonaba tan enojada que hasta yo misma me daba miedo.

—Cariño... Lo sé, lo siento, fue algo horrible de mi parte no decirte nada. No pensé que íbamos a llegar tan lejos, ni que iba hacer algo serio. Él se llama Christian, lo conocí en mí trabajó, es un buen hombre. Me hace sentir amada, y no te lo dije antes porque tenía miedo, miedo de que probablemente no lo aceptaras. 

—No soy quién para tomar decisiones por tu vida. Si me dices que lo amas y me aseguras que él también lo hace, estaré bien con eso. Tan solo me decepciona el hecho de que no hayas sido capaz de tener confianza, de no que no me lo contarás antes —Una parte de mi se sentía mal por haber roto tanto el vínculo con mi madre, al punto de que ella no sintiera confianza de contarme antes. Oculté gran parte de mis emociones para no hacerla sentir mal.

—Tienes razón, lo siento tanto. No se como cambiar eso. Sé que el tiempo pasó pero una parte de mi todavía sigue aferrada a tu padre, si te lo contaba antes, eso implicaba tener que aceptar el hecho de que estoy siguiendo adelante sin él. Cosa que por mucho tiempo no he podido hacer. Pasan los años y aunque él no esté, todavía tengo impregnada toda mi historia junto a él, como si nunca me hubiera dejado. ¿Me oigo patética?.

El silencio volvió a reinar porque no supe qué decirle. No esperaba escuchar eso de mi mamá. Nunca hablábamos de mi padre porque ella siempre se ponía mal cuando lo mencionaba. El hecho de que ella esté hablando de él, de aquella manera, mostrando esa vulnerabilidad por primera vez, me dejó estática. 

No sabía qué decirle, nunca hablábamos de nuestros sentimientos. 

—No, no suenas patética. Mamá… me alegra que puedas seguir adelante y que me estés contando todo esto, mereces ser feliz, estoy segura que así él lo querría. 

—Cada día te pareces más a él —murmuró. Alejo las lágrimas que amenazaban con venir, nunca lloraba enfrente mío, ni yo con ella. 

Quizás aquella distancia que siempre hubo entre nosotras, se debe a que le recuerdo a la persona que una vez amó. Aquella que la misma vida le arrebató, y nunca lo perdonó, por haberla dejado tan pronto. 

—Me gustaría conocerlo, si te parece bien.

—Lo harás —tomo mi mano y me sonrió. 

Es extraña la manera en la que todos tenemos distintas maneras de demostrar amor. Nuestra relación no era la mejor, éramos distantes la mayor parte del tiempo, aún así, al mirarnos comprendemos cuantos nos amamos.  Aunque no digamos suficiente, cuando deberíamos hacerlo, porque el tiempo en esta vida es impredecible, aún así, nos decimos todo con tan solo mirarlos. 

Terminamos de cenar, cambiamos de tema y finalmente se había dado la libertad de volver a ser la de antes. De preguntarme mil preguntas y curiosear en cada área de mi vida. Especialmente trae a luz aquellas preguntas que me dan jaqueca y ganas de echarla del departamento, el famoso ¿Qué tal tu vida amorosa? O ¿Ya has decidido qué carrera estudiar?. Si hay alguien en este mundo capaz de presionarme con simples preguntas, es mi mamá, quiere que tenga en claro el rumbo de mi vida cuando ni siquiera puedo controlar las decisiones que tomaré al día siguiente.

Decidí hacerme la loca, como de costumbre, evadir todo se hizo un don especial en mi vida. Le pregunté más sobre su prometido, su nombre es Christian y según ella no tardaré en conocerlo. 

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