Franco
No podía dejarla ir, si eso me iba a costar lo que tenía y lo que podía ganar, entonces lo haría. Quiero recuperar a la mujer con la que me casé, quiero tenerla conmigo, no puedo estar sin Camila.
—Señor, volvió. No sabe lo angustiada que estaba.
—Daila, por favor vaya por mi maletín el de color marrón.
Me senté en el comedor agotado, estaba muerto de cansancio.
—¿Quiere comer? —dice Daila.
—No, no tengo hambre. Solo quiero tener tranquilidad.
—Señor, ¿Qué pasa? La señorita vino muy mal