El sol entraba por esas ventanas como todas las mañanas, me dolía el cuerpo sin dejar un solo espacio sin llenar y el sonido de la típica alarma que sonaba del lado de Gerald me sacó de mi plácido sueño.
Intento levantarme pero un dolor agudo me recorre la pelvis haciéndome llorar y soltar un sollozo. Las manos de Gerald recorren mi pelvis con ligeras caricias que aliviaron mi dolor y sus ojos marrones me miraron con dulzura.
—¿Estás bien? Te ves pálida y no sé si lo sabes, pero no puedes levan