Después de ese día vergonzoso en la oficina de Gerald, no quería pensar más en el contrato que me ofreció.
Las clases me esperaban, estábamos al final de los exámenes y yo confiaba en que su hijo, el pequeño Carlos, aprobaría todas las materias para poder quedarme con él un año más.
Tenía muchas ganas de seguir enseñando a todos estos pequeños. Pero algo dentro de mí surgió, una duda, un desánimo natural.
Si aceptara el contrato de este hombre no podría seguir haciendo lo que amo.
Sin pensar