—Nos lo estábamos pasando bien —dijo ella, con los ojos muy abiertos, oscuros y peligrosamente seductores en la penumbra.
—Sí —asintió él, bajando la voz a un murmullo grave—. Pero creo que podríamos divertirnos más en otro sitio. Mi chófer puede estar en la puerta en cinco minutos. Vio un destello en sus ojos, una vacilación momentánea que le oprimió el pecho con un miedo repentino e irracional a que se marchara.
—¿Un chófer, dices? —preguntó ella, con la voz teñida de curiosidad.
—Sí. —Desliz