El beso fue ardiente, apasionado, y cuando ella apretó sus caderas contra él, sintió su miembro duro como una roca contra su estómago. Él gimió y la acorraló contra la pared del ascensor, y sus manos se posaron en sus muslos, justo por encima de las rodillas. Las deslizó bajo la tela de su falda oscura y le agarró las nalgas con sus manos grandes y fuertes, apretándolas. Pero fue el movimiento del ascensor al arrancar lo que los separó, recordándoles dónde estaban. Se apartaron, e Isabella luch