Mi padre lo miraba con un odio que le quemaba los ojos.
Coco, mi perro, también le mostraba los dientes, amenazante.
Después de que comencé mi relación con Ovidio, tuve que llevar a Coco a la casa de mi papá. A Ovidio no le gustaban los perros, ni los pelos, y su actitud hacia Coco siempre fue tan despectiva que al final tuve que elegir entre ellos.
Quería abrazar a mi padre, y acariciar a Coco.
Me dolía el alma, pero no podía llorar. Sentía cómo mi pecho se desgarraba.
Ovidio no mostró ninguna