Cuatro años después, Natalia había encontrado en Viena un refugio y un nuevo propósito de vida.
Había trabajado incansablemente desde que llegó, persiguiendo cada oportunidad que surgía, estableciendo contactos y forjando relaciones en el mundo empresarial que un día le servirían.
Después de la llegada de su hijo, un pequeño al que llamó Nathan, su determinación por construir un futuro seguro y brillante se había intensificado.
Él era su motivo, su motor, su razón de lucha. Cada mirada suya,