—¡Aitor! —exclamó Aby, completamente ruborizada—, voltéate.
Aitor ladeó los labios.
—Pero estuvimos casados, no tiene nada de malo, mirar —bromeó.
—¡Eres un imbécil! —rebatió ella, lo empujó, observó la puerta del baño, y corrió hacia allá, enseguida se deshizo de todas las prendas, abrió la ducha, colocó el agua caliente.
—Achú —escuchó varias veces que Aitor estornudaba afuera en la alcoba, recordó lo mal que se puso la otra noche, se estremeció.
—¡Te vas a enfermar si no te quitas esa r