Aitor tragó la saliva, observó a los ojos a Aby. No había calidez en la mirada de ella, solo seriedad y actitud defensiva. Él se dio cuenta de que su desconfianza fue la que enterró a la inocente y pura de corazón Abigaíl, y ese era el mayor verdugo de todos.
—Aby, no quiero separarte del niño. Cálmate. Solamente deseo estar cerca de mi hijo —expresó con voz pausada.
—Esto no puede ser. ¡Aléjate de Jake! ¡Ve a esperar al que está en el vientre de Kendra, ese es el hijo que tanto anhelas! ¡Ese