Scott sentía lo frío de la pistola sobre su cabeza, tragaba saliva, podía sentir el retumbar de su corazón, sus ojos dilatados, y esa sonrisa siniestra que enmarcaba el cruel gesto de Lucius
—¡Por favor! Si somos hermanos, ¡No puedes matarme a mí! —exclamó
—¿Y por qué no? —exclamó Lucius—. Tú nunca has sido mi hermano, realmente, yo no he tenido nada en la vida, y nadie se preocupó por mí, jamás.
—¡Lucius! —escucharon claramente ese grito, ambos se miraron con estupor, Scott no entendía nada,