Diana Brighton sostenía en su mano ese puño de tierra, apretándolo con fuerza entre sus dedos, sintiéndolo en su piel, el ataúd de Melissa bajaba lentamente, hasta por fin, hundirse en las profundidades, lágrimas de dolor corrían por el rostro de la mujer, vivió muchas tragedias, pero juró que no viviría lo suficiente para enterrar a un hijo suyo, ahora el destino habló por ella, y estaba haciendo, lo que ni en su peor pesadilla imaginó, ni quiso imaginar.
Meredith lloraba, abrazada a su esposo