—¿Estás bien, Noa? —Sofía estaba realmente preocupada. Sentía que se veía muy triste, pero no podía hacer mucho para ayudar.
Noa abrió los ojos de nuevo y le sonrió.
—Estoy bien, solo tuve una pesadilla. Estaré bien en un rato. Ve a dormir.
Sofía la miró con sospecha.
—¿De verdad?
—Sí.
No había forma de convencerla para que le contara la verdad, por lo que Sofía se acostó a su lado y le tomó la mano, susurrando suavemente:
—No te sientas mal, te daré mi fuerza y compartiré mi felicidad contigo.