Noa se había inclinado frente al armario. Sus largas y esbeltas piernas parecían perfectas, como un trozo de jade blanco. Revisaba cada compartimento, abriéndolos uno por uno mientras fruncía el ceño y mumuraba con expresión de duda.
—¿Cómo es posible que no haya nada aquí? —dijo y justo cuando se iba a levantar para buscar en otro lugar, alzó la vista y vio a Alex parado allí. Se quedó completamente paralizada en su lugar.
—¿Cuándo entraste? —preguntó Noa y se ajustó nerviosamente la toalla que