Para Alex, esos cien millones eran como una lluvia fina.
—¿Por qué no me dejas comprar esa pulsera? ¿Es porque te preocupa su dinero? —dijo Mateo enojado.
Noa se sintió impotente:
—¿Quieres que todos hablen de ti a tus espaldas?
—Entonces, ¿lo vamos a dejar así? —preguntó Mateo.
—¿Qué más quieres hacer? —respondió Noa.
—¡Lo secuestramos y lo golpeamos! —dijo Mateo con ira.
Noa no sabía qué decir.
—¡Qué hombre tan inútil!
Noa terminó su bebida y se levantó impotente:
—Voy al baño.
Mateo se ofrec