Las palabras de Guillermo resonaron en mi cabeza como un trueno en la noche. Fue como si una lanza afilada me hubiera atravesado el corazón, dividiéndolo en dos. Un frío intenso se apoderó de mi cuerpo, y mis piernas temblaron sin control. Lo miré, con la angustia reflejada en mis ojos:
— ¿Qué has dicho? No es gracioso que me digas algo así en este momento. Debería estar celebrando el nacimiento de mi hija.
Guillermo bajó la mirada, tratando sus ojos de evitar los míos. Su voz, apenas se sint