Sentía la respiración de Luis José muy cerca de mí boca, estaba deseosa de que me besara, no podía seguir engañándome a mí misma y negándome la posibilidad de ser feliz con el padre de mis hijos. A pesar de todos mis miedos, lo miré a los ojos y le dije con toda la sinceridad de mi alma y de mi corazón:
— ¡Claro que te amo! Desde la primera vez que te vi en aquella playa solitaria cuando apareciste de la nada para ayudarme con la herida que me había hecho en mi pie, supe que eras el gran amor