—Laura, es hora de cenar. Laura...—Manuel llamó a la puerta golpeándola suavemente, pero no obtuvo respuesta alguna. Una repentina inquietud se apoderó de él, haciéndole apartar toda cortesía mientras hacía girar el pomo para ingresar.
Sobre el escritorio yacían algunos borradores desordenados y la computadora portátil reposaba en silencio. Sin embargo, Laura había desaparecido sin dejar rastro.
Manuel entró en pánico, hasta que alguien tiró suavemente de la punta de su camisa. Se volvió para en