Mientras tanto, Diego miraba a Laura con diversión, sin aprovechar la oportunidad para contradecirla, dando a entender que aceptaba lo que había dicho.
Después de todo, él fue quien lavó el pañuelo, sin que su esposa lo tocara, así que aquel hombre no podía reprocharle nada.
Manuel tomó el pañuelo de las manos de Laura y esbozó una sonrisa incrédula al ver que casi se había encogido a la mitad. Sin darle importancia, le dijo a Laura:
—No te preocupes, al fin y al cabo es solo un pañuelo.
—Pero