Amaranta entró desesperada.
Observó a Mariza mal, gritando. La enfermera corrió a su lado, pero ella ni siquiera dejó que la tocara.
—¡Mariza, tu bebé ha muerto! —exclamó Silvia, mientras la respiración de Mariza era un caos. Ella negó, estaba temblando, casi enloquecida.
—¡Mientes! Mi hija estaba sana, esa no es mi hija —Mariza se lanzó contra la mujer, estrujando sus cabellos y arañando su rostro—. Devuélveme a mi hija, ¡juro que te mataré! Esta no es mi hija, mi hija no murió, mira cómo está,