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—¡Mariza! —exclamó Jorge, y sintió miedo.
—¿Qué hace está aquí? —espetó Mariza con rabia.
Los ojos de la mujer se empequeñecieron, se acercó a ella.
—Está, tiene su nombre, ¿y tú que haces aquí?
Mariza sintió que la ira cegaba su mente.
—¿Qué hago aquí? Recuerda tu lugar, mujer, ¡soy la esposa!
Mónica estalló en furia.
—¿La escuchas, mi amor? ¡Mira cómo me humilla! ¡Eres nada para mí!
—¡Ya basta, no peleen! —dijo Jorge
—Y tú, para mí, solo eres la amante, una mujerzuela barata, que se aprovech