Mis manos se cerraron en puños con fuerza.
Las palabras de Xavier me dejaron paralizada. La ansiedad y el miedo se extendieron por todo mi cuerpo en un instante. Aun así, me obligué a mantener la calma pese a la tensión asfixiante que nos envolvía.
—¿Perdón? —entrecerré los ojos—. ¿Que yo te acosaba?
Él cruzó los brazos, comportándose como si tuviera todo el poder.
—¿Así que no vas a admitirlo?
—No diga tonterías, señor Mendoza.
—¿Por qué no querías casarte conmigo?
¿Qué clase de pregunta era e