—¡Serenia Burgot, te estoy hablando! —volvió el Rey a levantar su voz.
Finalmente, la Reina detuvo sus pasos a mitad de los escalones.
Ella volteó a ver, sus hermosos ojos dorados clavándose fríamente en ese gobernante pelirrojo.
—¿Ya piensas castigarme? —dijo ella, el tono de su voz gélido—. ¿Quieres encerrarme porque te avergoncé frente a tus invitados? ¡Pues házlo! ¡Pero no regresaré a esa cena!
Bertrand la veía seriamente.
La actitud de su Reina se estaba saliendo de lo normal.