Randy se alejó de la pensión y se dirigió hacia su coche, aparcado en la entrada del callejón. En cuanto llegó, se apoyó en la puerta del vehículo y sacó el teléfono.
Sus dedos buscaron un número de contacto concreto. Un número que le resultaba muy familiar. El número de Ringgo.
—¿Jefe? —la voz de Ringgo se oyó tras varios tonos.
—Ringgo, necesito que hagas algo por mí.
—Claro, Jefe. ¿Qué puedo hacer?
—Miranda, la chica que investigaste. La dueña de la pensión la ha regañado porque debe el alqu