Sus pasos largos y firmes dejaron a Femina, que seguía de pie frente a la puerta del hotel, y cruzaron la calle. Cada paso era dirigido, concentrado, como un misil que ya había fijado su objetivo. Sonaron las bocinas de varios vehículos al cruzar sin importarle el tráfico, pero ningún vehículo se atrevió a atropellar al hombre que caminaba con un aura capaz de partir el mar.
Windy se giró. Sus piernas, que finalmente aceptaron cooperar, la llevaron de inmediato de vuelta a la puerta del centro