Windy dejó su lupa en la mesa y miró fijamente el collar, con una expresión a medio camino entre la incredulidad, la furia y, en realidad, no demasiada sorpresa.
Davin había instalado un rastreador, en el collar que él le había regalado. El collar que él mismo le había puesto, en el cuello a Windy, unas noches atrás. El collar que Davin llamaba la señal de que Windy era su mascota.
Ahora, Windy lo entendía todo. Aquella era la forma en que Davin siempre conocía su paradero. Aquel hombre podía r