Lo vi pasear por el baño para tomar una toallita limpia y volver a llenar el lavamanos que tenía al lado con agua tibia y jabón. Antes de acercarme el paño húmedo a la cara, fruncí el ceño y retrocedí, soltando una risita torpe y hueca antes de ir a tomar el paño.
“¡Yo puedo hacerlo!”. Asintió con la cabeza y me entregó el paño, el cual empecé a usar de inmediato, aunque no podía ver lo que estaba haciendo. Después de un minuto de lucha, suspiré y le tendí el trapo. “¿Puedes ayudarme, por favo