El deseo de llorar, la impotencia y la decepción, adornaban la vida de Amanda, incluso más que el despampanante vestido que vestía en ese día. Ella salió de la limusina y dio pasos lentos, intentando retrasar lo que parecía inevitable frente a sus ojos.
—¡Estás hermosa, hija! —expresó su padre al verla acercarse con todo el descaro del mundo.
Ella no dijo una sola palabra y tampoco la miró a la cara. Él la tomó del brazo y juntos empezaron a caminar. Cada paso era como un cuchillo atravesando s