—Porque los vamos a compartir.
Camila cerró la caja y la apartó a un lado.
—No. Ahora son míos. Puedo comérmelos yo sola.
Tanner frunció el ceño.
—Eres codiciosa.
—¿Perdón? —replicó ella—. Tú me los regalaste, así que no puedes reclamarlos. No te daré ninguno.
—¡Entonces no volveré a comprarte nada nunca más! —protestó Tanner.
—Puedo comprarlos yo misma —respondió Camila, apretando los labios en una línea fina.
—¡No puedes! ¡No tienes dinero! —gritó Tanner.
—¿Quién dice que no