—Gracias por quedarte conmigo —dijo con dulzura.
Alexander sostuvo su mirada con ternura.
—No puedo dejarte así. Ya no deberías enfermarte, es muy estresante. Vuelvo enseguida.
Renata se inclinó y rozó sus labios suavemente.
—Entonces será mejor que termine de comer.
Alexander sonrió, pasándose la lengua por los labios con discreción.
—Sí, deberías. Ahora vuelvo.
Fue al baño y regresó minutos después.
—Todo listo —anunció, sentándose junto a ella—. Déjame darte de comer.
—Ya n