El coche negro corría velozmente por las calles iluminadas por las luces.
Manuel se recostaba en el asiento de cuero trasero, con las piernas ligeramente separadas. Sostenía firmemente su teléfono en la mano derecha, con las cejas fruncidas en un ceño profundo. Sus labios finos estaban apretados, su rostro apuesto mostraba una indiferencia y leve disgusto.
Miró de pasada el reloj en su muñeca, ya eran las once y diez.
No había encontrado a él, María ni siquiera lo había llamado. Casi irritado, e