En las sombrías profundidades de Nápoles, en un lujoso escondite que alguna vez fue un monasterio del siglo XVI, Carlo Romano, el temido y respetado capo de la familia Romano, contemplaba su imperio. Su oficina, un vasto salón con techos altos y ventanas de vidrieras, estaba decorada con un exquisito mobiliario antiguo y tapices que contaban historias de poder y conquista.
Carlo, un hombre de estatura imponente, con un traje negro a medida, tenía un aire de brutalidad refinada. Sus ojos oscuros