Entraste a mi Vida
Entraste a mi Vida
Por: glaudeMari
"Prólogo"

Una decisión

No estoy muy segura de saber como ni cuando empezó esta historia, ni de como comenzarla a narrarla, ni de si tendré el talento suficiente para desarrollarla hasta el final. Solo sé que ocurrió. 

Cuando despierto en las mañanas, malhumorada porque el despertador arruinó mi descanso; lo primero que viene a mi mente es su nombre. Es en ese nombre en lo último que pienso en las noches antes de quedar profundamente dormida. En algún momento él aprendió a entrar en mi mente, en mi cuerpo, en mi vida.

Para comenzar a andar con el pie correcto diré soy una chica de casi de dieciocho años que responde al nombre de Natasha y al apellido James.

Dije que "respondo" porque si algún día sales de tu casa para pasear con tu perro, me ves en la calle y me gritas ¡Ana! ¡Rose! ¡Marie! es muy difícil que de vuelta para saludarte porque entenderé que tus gritos no están dirigidos a mí.

De mi aspecto físico lo más importante que tengo que señalar es que no soy una rubia despampanante, ni una graciosa paliducha con rasgos asiáticos, ni una dulce morena con la piel bronceada. Soy de tez negra. Sí, mi piel es un espléndido homenaje a las barras de chocolate con crema de leche: suave, con dulce aroma y un matiz agradable de color marrón, sin ser demasiado oscuro.

Mi cabellera tiene mucho volumen y está coloreada de un denso castaño oscuro. Los mechones de mis cabellos forman rizos definidos que se extienden hasta un poco más abajo de mis hombros.

Deseó el ADN que heredara los ojos de mi madre: ojos grandes, expresivos, con el iris de esmeralda, repletos de sinceras miradas. 

Tengo un cuerpo femenino, con curvas; y que se conserva atlético gracias a las "rigurosas dietas" que he seguido toda mi vida: tostadas a la francesa con batidos de chocolate para desayunar. Sándwiches con tocino, jamón, queso, salami; pizzas o hamburguesas para almorzar. Todo acompañado con soda de limón. Diferentes variedades de pastas italianas como spaghetti y lasaña para cenar. Eso, sin contar los pequeños tentempiés que me preparo cuando el hambre empieza a estorbar de madrugada. Estos últimos no son muy comunes en mi vida.

Hasta mi médico entra en dudas cuando tiene que explicar como es que me mantengo perfectamente delgada y sana comiendo todo eso. Se encoge de hombros. Le tira parte de la culpa a mi metabolismo, a la edad y a los cambios hormonales que experimentamos las chicas durante toda nuestra vida.

Al final tengo que declararme culpable del pecado del gula; pero no es para hacer una tormenta en un vaso de agua. Después de todo, soy una simple mortal. Tengo defectos, sueños, virtudes, miedos...

De hecho, no me gusta decirle a la gente mi edad. Cierto, es fácil notar que no soy precisamente una cuarentona premenopausica, ni tampoco una anciana de cabellos plateados, ni una niña de cuna, es sencillo percatarse de que soy una adolescente.

De aquí se desprende el problema, que ahora soy una adolescente; pero en poco tiempo cuando cumpla los dieciocho años seré legalmente una adulta. ¡Una adulta! 

¿Es en serio? 

¿Cuándo mi reloj biológico aprendió a correr? 

Prácticamente ayer era una bebé a la que sus padres le tenía que cambiar los pañales, que jugaba con muñecas y les arrancaba la cabeza, que se chupaba el pulgar y que no le prestaba la menor atención al transcurso constante e inevitable de los días.

Debo confesarlo. Debo admitir que tengo miedo de crecer. Me aterra no ser suficientemente fuerte para lograr mis metas personales o no tener lo que hay que tener para ser una buena madre y para enfrentar las dificultades que la vida me imponga.

Mamá y papá siempre me dicen que es normal tener esas dudas y temores a mi edad, que no debo sentirme agobiada por ello. Me explican que la vida poco a poco me irá enseñando como superar cada contratiempo que surja y que solo necesito recordar ser fuerte.

Para ellos seré su niña pequeña toda la vida; pero eso no cambia que quieran aconsejarme, apoyarme y mostrarme como es verdaderamente el mundo para ayudar a que mi desarrollo mental y físico sea el adecuado. 

Natalie James, mi madre, es una linda señora de cuarenta y dos años de edad. Su piel es blanca como la primera nevada de invierno. En el centro de sus ojos brillan un par de esmeraldas. Tiene el cabello negro y mucho más lacio que el mío. Labora como enfermera en un hospital cercano a casa.

En ese establecimiento sanitario fue que ella conoció a Marlon James. Un muchacho de tres años de edad más que ella. Poseedor de tez oscura, con cabellos negros muy rizados, alto, cuerpo atlético y rostro de modelo de cine. Ese chico es actualmente mi papá.

Mamá me narró en una ocasión como fue inició la relación entre ellos. 

Resulta que una noche, hace casi veinte años, mi madre se encontraba trabajando de voluntaria en la sala de urgencias del hospital. Ella en ese momento cursaba su primer año en la carrera de enfermería. 

Cuando el reloj marcó las once de la noche se escucharon las sirenas de varias ambulancias. Un autobús se había volcado en una carretera cercana. Los paramédicos estaban trasladando a las víctimas de ese accidente. A mi mamá le asignaron cuidar a un chico nombrado Marlon James. Por suerte él sólo tenía una fractura en el brazo izquierdo y una pequeña fisura en el cráneo. Mamá lo atendió con mucho cuidado y profesionalidad las tres horas que estuvo el chico en el hospital, mientras le colocaban yeso en el brazo y le analizaban la pequeña herida que tenía en la cabeza. 

También me dijo ella que a pesar de que el chico estaba malherido y adolorido no dejaba de mirarla, de coquetearle, y de hacerle preguntas algo indiscretas. 

Pasó el tiempo. Él se sanó de su fractura, mas no por ello dejó de ir a ver a mi madre al hospital. Sus objetivos eran invitarla a dar un paseo y charlar. Ella siempre lo rechazaba o lo eludía con la excusa de que tenía que estudiar, pero él fue persistente hasta que un día logró que aceptara. 

Tuvieron citas en varias ocasiones. Se gustaron mucho más, pero cuando decidieron tener una relación más seria descubrieron algo terrible: sus familias se odiaban. Mamá no supo decirme el porqué de ese rencor porque ni ella misma lo sabe.

A pesar de que su amor era casi imposible se hicieron novios a escondidas. Cuando mi madre terminó sus estudios fue bendecida con un milagro no planeado. Ese milagro era yo. Entonces ellos se casaron y se fueron a vivir juntos. Mi padre comenzó a trabajar en una fábrica dónde se elaboran todo tipos de galletas. Allí cumple con la labor de inspeccionar la calidad de los ingredientes y del producto terminado. 

En el año que cumplí media década de nacida vino al mundo mi mayor enemigo, Joseph, aunque yo lo conozco mejor por J.J. (de Joseph James) o el enano. 

Mi odioso hermano menor es más bien parecido a mi padre en cuanto a color de piel; pero la verdad es que su rostro tiene rasgos que son inegablemente heredados de mi mamá. Él actualmente tiene trece años, pero mentalmente gatea aún. 

No me vayas a malinterpretar. A Joseph yo lo quiero mucho, pero por mi bien, es mejor que él no se entere.

Una hermana mayor de respeto y calidad debe ser mala con sus hermanos menores. Debe molestarlos días enteros y parte de las noches. No debe dejarlos dormir porque "accidentalmente" se caiga en sus camas un trozo de pizza repleto de hormigas. Una hermana mayor tiene que decirle a sus hermanitos que son unos gnomos deformes y con parálisis facial, feos como la maldad, que sus padres los encontraron en la b****a cuando eran bebés y decidieron adoptarlos para que no les pesara la conciencia.

Todo eso desde el amor y el cariño, por supuesto. 

Tampoco pienses que soy abusiva con mi hermano sólo porque es menor que yo, ni que él es un inocente angelito con alas blancas pegadas a su espalda. A J.J. le encanta seguirme el juego y la mayoría de las veces es él quien inicia nuestras discusiones. 

Desde que tengo memoria he vivido en esta ciudad y de hecho me encanta. Adoro sus calles, su gente, su vegetación, sus edificios, las casas, y sus escuelas públicas. Me gusta la forma en que están distribuidos todos los locales, de manera que no tengas que ir muy lejos para comprar, vender o arreglar algo. 

Solía asistir a una escuela pública: la S&K. Así le llamábamos los estudiantes para abreviar Sukendry. Ese apellido le perteneció a un señor que vivió hace cien años en la ciudad. Fue combatiente en varias guerras, tanto dentro como fuera del país. Se convirtió en un héroe de la localidad. 

Mis padres no estaban completamente conformes con la educación que estaba recibiendo en mi antigua escuela. Ellos querían algo mejor para mí.

Vieron una excelente oportunidad de cambiarme de instituto cuando mi padre recibió un ascenso a subgerente. Esto significaba que papá tenía que trabajar un poco más, pero ganaría el triple de dinero. Él junto a mi mamá me matricularon en un nuevo instituto. En un lugar privado y exageradamente caro. 

Lo peor fue que me enteré que habían tomado esa decisión cuando mi maestra de Matemática me comentó que los profesores estaban trabajando en mi expediente para luego procesar mi salida de S&K.

Ese día entré echa una furia a mi casa. Mi madre estaba sentada en el sillón de la sala leyendo un libro enorme sobre Medicina Interna y mi padre veía las noticias.

—¡No me pueden cambiar de escuela!

—Sí podemos y lo hemos hecho—contestó mi madre sin despegar la mirada de su libro.

—Pero yo no quiero irme de S&K, no quiero alejarme de mis amigos, ni de mis profesores. Mucho menos ir a ese lugar horrible.

Papá apagó el televisor con el control remoto.

—Natasha entiende que nosotros lo hacemos por tu bien—me dijo muy calmada. 

—¡No, ustedes hicieron lo que siempre hacen los adultos: decidir la vida de sus hijos por ellos, como si fuésemos sus mascotas! 

—¡Natasha James!—Mi madre colocó su libro sobre el asiento—No digas tonterías. Sabes perfectamente que Marlon y yo te hemos apoyado en todo lo que has deseado en la vida y siempre tenemos en cuenta tu opinión. Esta decisión la comentamos contigo y te negaste.

—¡¿Cómo no me voy a negar?!—Exclamé enojada—Estoy feliz con mi vida así como está.

—Nosotros queremos darte algo mejor. Más oportunidades. Sabemos que amas tu escuela actual y que si te lo pedíamos nunca ibas a renunciar a ella.

—¿Entonces lo mejor es hacerlo a mis espaldas?

—No fue a tus espaldas Natasha. El problema es que nunca querías escuchar—me explicó papá.

—Pero...

—¡Pero nada!—mi madre se acomodó en el sillón y volvió a tomar su libro. Comenzó a buscar la página dónde se había quedado-Cuando crezcas nos lo agradecerás.

—¿Piensan que les voy a agradecer que me alejen de Jenna, de Angeline, de Paul, Becky y Robert? Ellos son mis amigos de toda la vida. No me quiero alejar de ellos.

Ella no despegó la mirada de su libro—Natasha, si ellos son tus amigos de verdad te seguirán queriendo aunque no estén en la misma escuela.

—Tu madre tiene razón.

—Ustedes sabrán, pero si me envían a esa preparatoria de ricos me empezaré a drogar, y me raparé la cabeza y me volveré lesbiana—les dije como amenaza.

Mamá contestó con indiferencia—Al menos serás una futura lesbiana muy culta, con una excelente preparación y un buen trabajo.

—Tal vez hasta te hagas amiga de una chica rica que terminará siendo la mujer de tu vida—bromeó mi padre. 

Le sacó una sonrisa a su esposa; pero enfureció aún más a su hija. 

—No se toman nada en serio.

Subí a mi habitación muy molesta. Entré en ella y cerré de un portazo. 

Los días posteriores a esa pequeña discusión que tuve con mis padres intenté nuevamente convencerlos de que cancelaran mi ingreso a la nueva escuela. Solamente conseguí que me esquivaran con las típicas frases de "Bebé es lo mejor para ti","Natie, no te preocupes que nosotros lo podemos pagar","vas a tener un mejor futuro", "tendrás mejores oportunidades laborales si en tu curriculum está escrito el nombre de esa escuela". 

Por culpa de esas tramposas expresiones y de lo obstinados que son mis padres, terminé aceptando de muy mala gana.

Dos semanas después del ascenso laboral de mi papá tenía mis nalgas puestas en una de las sillas, de una de las aulas de Adelstein High School. Esta es una escuela privada construida para engordar aún más el ego de los chicos y de las chicas que se creen el ombligo del mundo.

Ahora que lo pienso, este punto es el cómo, el cuando, el dónde empezó todo. Simplemente comenzó debido a una decisión de mis padres. Una con la que yo no estaba de acuerdo. 

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