XXIII

—Sigan corriendo—nos apura Steph, tomando la adelantara.

Después de cruzar unos arbustos y seguir a toda velocidad por un jardín mas cuidado que las plantas de mi madre, estamos llegando a un muro no tan alto que, supongo yo, es el limite del hotel.

—Como haremos para saltar eso, ni Dios lo sabe— les grito, s

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