REENCUENTRO

Capítulo 3

Diego le pidió perdón. Lo escuché nervioso, con la voz hecha un hilo.

—Don, por favor, no sabía que era usted... Yo escuché la voz de mi esposa —tartamudeó. Hacía años que no lo oía hablarle así a nadie.

—Estaba con mi futura Donna. ¿Quieres que la llame para que veas que no es tu mujer? —respondió el desconocido, que ahora sabía que se llamaba Vicent.

Diego negó con la cabeza, pidió disculpas por su supuesto error y se marchó de allí, cerrando la puerta con fuerza.

Salí del baño envuelta en la sábana. Él se acercó e intentó quitarme el antifaz con una sonrisa, pero me aparté.

—Ya sabes quién soy. Lo justo es que yo sepa quién eres tú.

Me tomó de la cintura e intentó besarme. Apoyé una mano sobre su pecho y retrocedí. Con las manos temblorosas, recogí mi ropa y empecé a vestirme.

—Debo irme. Diego regresará a casa y, si no me encuentra, pensará que sí era yo la que estaba en esta habitación.

No podía mirarlo a los ojos. No sabía cómo tratar con un mafioso. Él notó mi repentino cambio de actitud.

—¿Qué pasa? ¿Te arrepentiste? —preguntó, con un tono más seco.

Negué con la cabeza.

No me arrepentía de nada. Aquella noche había descubierto una parte de mí que creía inexistente. Pero eso no cambiaba la realidad. Lo nuestro no podía ser más que un encuentro entre dos desconocidos.

—Solo sigo las reglas. No debemos saber nada el uno del otro. Además, ya va a amanecer y debemos irnos.

Terminé de vestirme y tomé mi bolso.

Él me sujetó del brazo y trató de ver mis ojos detrás del antifaz.

—Pensé que esto había sido algo más que una simple noche en un club swinger.

Frunció el ceño. Esa caballerosidad que me encantó se disipó por mi actitud, Negué con la cabeza.

—Solo fue una aventura —le aclare de inmediato 

—¿Cambia algo que sepas que soy un mafioso? Supongo que, por el esposo que tienes, perteneces a la alta sociedad. —Su mandíbula se tensó.

Se sintió ofendido por mi silencio y me soltó.

—Lo mejor es que respetemos las reglas —le repetí. Salí de la habitación sin volver la vista atrás.

Tomé un taxi directo a casa. Le pedí al conductor que diera varias vueltas para acelerar el camino. No quería correr el riesgo de encontrarme con Diego.

Llegué primero que él.

Me duché para borrar cualquier rastro de aquella noche, me puse el camisón y me acosté en la cama, fingiendo dormir.

Cuando llegó, abrió la puerta de par en par. Al verme allí, dejó escapar un largo suspiro, aliviado.

Se acercó, me abrazó y comenzó a besarme el cuello.

—Sabía que no eras una cualquiera... Tú solo vives para mí y por mi.

Contuve las ganas de apartarlo, fingi estar dormida con esfuerzo porque sus palabras me produjeron asco.

Pasó una semana...

Intenté convencerme de que todo había terminado aquella noche.

Pero cada vez que cerraba los ojos recordaba su voz, sus caricias y la forma en que me había tratado.

No conocía su rostro. Ni siquiera sabía si volvería a verlo. Y, aun así, no podía dejar de pensar en él.

—Esta noche es la gala de beneficencia. Por favor, necesito que estés conmigo —le pedí a Lorena mientras tomaba sus manos.

—Por supuesto. Además, iré con un hombre que me tiene loca. Quiero que lo conozcas. —Ella sonrió.

Pocas veces la había visto tan ilusionada con un hombre y eso me agrado, porque ella merecía alguien que la amara.

Esa noche, el salón principal del hotel estaba repleto.

Empresarios, políticos, artistas y las familias más influyentes de la ciudad conversaban entre copas de vino y música de fondo.

Como todos los años, Diego era el encargado de presidir la gala. Aquellas cenas de beneficencia eran su forma de ganarse el respeto de la élite.

Sin embargo, yo sabía la verdad.

Podía ser brillante y exitoso, pero muchos seguían viéndolo como el antiguo asistente que había tenido la fortuna de casarse con la heredera de Sandoval Holding.

Tomé la copa de champán que llevaba en la mano y me acerqué al escenario. Diego intentó sujetarme de la cintura, pero me aparté con discreción.

El murmullo del salón cesó cuando tomé el micrófono.

—Buenas noches. Quiero agradecerles, de corazón, por acompañarnos una vez más en esta gala de beneficencia. Mi padre siempre creyó que la verdadera grandeza no se medía por la riqueza que acumulamos, sino por la ayuda que brindamos a quienes más lo necesitan.

Los asistentes respondieron con un aplauso. Respiré hondo, el momento había llegado.

—Antes de continuar, quiero invitar al escenario a una persona muy importante para mí. —Busqué entre los invitados. —Clara... ¿podrías acompañarme?

Mi prima sonrió, convencida de que iba a recibir algún reconocimiento. Subió al escenario con elegancia, saludando a todos.

Tomó mi mano.

—¿Qué sucede, primita? —susurró con una sonrisa de orgullo en sus labios, miraba a Diego delante de mi, descarada.

—Quiero agradecerte por estos años de dedicación. —Levante mi mano izquierda.

Todo el salón quedó en silencio.

Me quiye el anillo y lo coloqué sobre la palma de Clara. Ella abrió los ojos, confundida.

—Creo que tú lo has cuidado mucho más a mi esposo que yo.

Un murmullo recorrió el salón. Diego se quedó pálido e inmóvil.

—Alejandra... ¿qué demonios estás haciendo? —dijo entre dientes.

Lo ignoré. Seguía mirando únicamente a Clara.

—Como ya no pienso seguir siendo la esposa de un hombre que comparte su con mi prima... considero justo devolverte lo que, al parecer, siempre quisiste, mi esposo y mi familia.

—¿De qué estás hablando? Solo es un rumor no hagas caso —Clara palideció.

—No te preocupes. No pienso decir nada más, no quiero que la nueva señora de Diego, sea humillada.

Me giré hacia los invitados.

—Gracias por acompañarnos esta noche. Espero que disfruten el resto de la velada. —Miré a Diego —Los dejo con su anfitrión.

Por primera vez en muchos años no me importó lo que ellos opinaran.

Salí al jardín del hotel intentando recuperar el aire. Las manos todavía me temblaban.

—¿Qué demonios crees que acabas de hacer? —escupió Diego jalandome con fuerza —Vas a regresar ahora mismo y vas a decir que todo fue una broma.

Lo miré sin miedo, sin temor a sus amenazas 

—No lo voy a hacer, ya no soy tu títere —le dije intentando soltarme.

—¿Crees que puedes desafiarme? No olvides que manejo toda tu herencia. Tengo el poder de dejarte en la calle. —Su rostro se deformó por la rabia.

—Hazlo, no me interesa el dinero, nada paga el precio de mi libertad, de poder dejar de sentir asco cada noche que duermes a mi lado —saque todo lo que había guardado en mi alma.

Nunca imaginó escuchar esas palabras de mí. Su mano se levantó con la intención de golpearme.

Pero alguien la detuvo antes de que pudiera tocarme.

—Los hombres cobardes son los unicos que cometen la canallada de golpear a una mujer.

Un hombre alto, vestido con un esmoquin negro, sostenía la muñeca de Diego con una facilidad humillante.

Mi corazón dio un vuelco. Reconocería esa voz en cualquier lugar.

Vicent.

Era incluso más atractivo de lo que había imaginado. Su mirada fija en Diego.

—¡Vicent! —exclamó Lorena con una enorme sonrisa.

Llegó hasta él corriendo y, sin dudarlo, lo ab

razó. Luego me miró, ajena al caos que acababa de ocurrir.

—Ale, te estaba buscando. Quería presentarte oficialmente a mi novio... Vicent Salvatore.

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