Mundo ficciónIniciar sesiónDe pronto, la puerta de la habitación se abrió con suavidad, interrumpiendo el torbellino de pánico que amenazaba con devorarme.
Me quedé estática, con el portarretratos todavía temblando entre mis dedos, cuando el cuerpo escultural de Magnus apareció bajo el umbral. Por unos pocos segundos, me quedé mirándolo de arriba a abajo, completamente hipnotizada, olvidando por un instante el abismo que acababa de abrirse bajo mis pies. El desorden salvaje de la noche anterior había desaparecido. Ahora estaba impecablemente vestido con una camisa de lino gris oscuro que se ceñía a su pecho masivo, pantalones de sastre negros que acentuaban sus piernas largas y zapatos de cuero italiano relucientes. A pesar de la distancia que nos separaba, estaba convencida de que si se acercaba un poco más, también podría sentir su característico perfume de madera, sándalo y tabaco caro inundando mis sentidos. Sin darme cuenta, mis labios se abrieron ligeramente en un suspiro mudo. Magnus no era un hombre cualquiera, era una fuerza de la naturaleza hecha carne, y lo que me había hecho la noche anterior en la cama tampoco era algo muy común. Había adorado mi cuerpo con una devoción tan salvaje, tan libre de juicios y tan cargada de una pasión genuina, que mi mente se resistía a regresar a la sobriedad de la mañana. Por eso no podía parar de mirarlo como una tonta, atrapada entre el deseo residual de su tacto y el horror del descubrimiento que sostenía en mis manos. Magnus esbozó su mejor sonrisa, una línea curvada con una confianza letal y madura, al notar cómo mis ojos recorrían su anatomía. Con las manos metidas casualmente en los bolsillos del pantalón, comenzó a caminar hacia mí con paso seguro, lento y felino, haciendo crecer la tensión ambiental con cada centímetro que acortaba. El aire pareció espesarse en la habitación. No fue hasta que la punta de sus zapatos chocó contra los míos que él se detuvo por completo, acorralándome sutilmente contra la cómoda de madera. Estaba muy cerca, tanto que su abrumadora presencia física y el calor que irradiaba su pecho me impedían pensar con coherencia. Lo único que quería en ese preciso momento, con una urgencia que me asustaba, era soltar el maldito marco de plata, arrastrarlo de vuelta a la cama con un gemido y mostrarme dispuesta a absolutamente todo lo que Magnus quisiera hacerle a mi cuerpo. Quería sentir su peso imponente sobre el mío de nuevo. Quería experimentar esa sumisión voluntaria ante su fuerza, sentir el espasmo de nuestros cuerpos al unirse y la calidez de su semen corriendo por mis muslos otra vez, marcándome como suya en una noche que había borrado todas mis cicatrices. Magnus se inclinó lentamente, invadiendo mi espacio personal hasta pegar su boca a la sensible piel de mi cuello. No me besó, solo la rozó levemente con los labios, exhalando un suspiro caliente que hizo que todos los pelos de mi cuerpo se pusieran de punta y un escalofrío violento me recorriera la espina dorsal. Cerré los ojos, entregándome al estímulo. Entonces, en un movimiento fluido y rápido que no vi venir, sus dedos grandes y fuertes envolvieron el portarretratos que yo aún sostenía contra mi pecho. Lo tomó de mis manos con suavidad pero con una firmeza indiscutible, levantándolo a la altura de nuestros rostros antes de colocarlo de nuevo en su lugar exacto sobre la cómoda. —Dudo que mi hijo quiera presenciar todo lo que estoy a punto de hacerte, Valerie —susurró contra mi oído, con una voz ronca que pretendía ser una promesa sensual. Pero sus propias palabras fueron las encargadas de apagar toda la magia de golpe. Fue como si me hubieran arrojado un balde de agua helada en pleno invierno. De inmediato, la cruda y retorcida realidad me golpeó nuevamente el rostro con la fuerza de un impacto limpio. Ahora ya no había espacio para las dudas, ni para las suposiciones, ni para los milagros del destino. El propio Magnus lo había confesado con una naturalidad corporativa que me revolvió el estómago Era el padre de Julián. El hombre con el que me había entregado en cuerpo y alma, el hombre que poseía los ojos grises del salvador de mis pesadillas, era el progenitor del monstruo que me había dejado morir en la bodega. Di un violento paso hacia atrás, zafándome de su cercanía y buscando aire. Apoyé las manos en el borde de la cómoda, respirando de manera entrecortada. La repentina transformación y la expresión de puro espanto y desconcierto en mi rostro detuvieron a Magnus en seco. La sonrisa desapareció de sus labios y sus ojos grises se entornaron, fijos en mi palidez. —¿Qué pasa? —preguntó, dando un paso precavido hacia mí, extendiendo una mano que rechacé con la mirada—. ¿No te ha gustado lo de anoche? Pensé que estábamos en la misma página, Valerie. Negué con la cabeza frenéticamente, frotándome las sienes con las manos temblorosas, tratando de contener la histeria que amenazaba con estallar en mi pecho. —No es eso... Dios, lo de anoche fue... —Sacudí la cabeza con fuerza, cerrando los ojos con fuerza antes de que mis pensamientos fueran por otro camino y recordaran la textura de su piel—. Lo de anoche fue perfecto. El problema no es ese. El problema es lo que acabas de decir. Acabas de decir que eres el padre de Julián. Magnus me miró en silencio, su postura relajada transformándose gradualmente en una rigidez analítica, la de un hombre de negocios que detecta una anomalía en un contrato multimillonario. —Sí, lo soy —respondió con voz monótona, cruzándose de brazos—. Pero no entiendo qué tiene eso que ver con nosotros, o por qué te altera tanto. Espera... ¿cómo sabes que mi hijo se llama Julián? Yo nunca te mencioné su nombre en el bar. Solo hablamos de tu familia y de tus malditos problemas corporativos. Me abracé a mí misma, sintiendo que la bata de seda me quedaba grande, que el mundo entero era una red intrincada de trampas diseñadas específicamente para destruirme. Lo miré a los ojos, buscando respuestas en el mismo acero que me había dado cobijo unas horas antes. —¿Qué hacías ayer fuera del edificio donde chocamos, Magnus? —le pregunté, con la voz rota pero firme—. En el centro de la ciudad. Justo en la esquina de esos apartamentos de lujo. ¿Qué hacías ahí exactamente? Magnus arqueó una ceja, sopesando mi pregunta antes de responder con total honestidad. —Había ido a ver a mi hijo. Vive en ese maldito complejo que yo mismo financié. No nos hablamos muy a menudo, la verdad, pero ayer era un día importante para el estatus de la familia. Tenía que darle las felicidades en persona y entregarle mi regalo por su nuevo compromiso. Hubo tráfico en la avenida principal y no llegué a tiempo, me avisaron que ya se había marchado a la mansión de los Grand. Por eso salía del edificio cuando te llevé por delante. Mis ojos se abrieron como platos. No podía estar más conmocionada, más asqueada y más fascinada por la retorcida ironía del universo. Me llevé una mano a la boca, ahogando una exclamación mientras las piezas del rompecabezas encajaban con una precisión quirúrgica e hiriente. «¿Por qué la vida está siendo así conmigo?», pensé, sintiendo el peso de una invisible maldición sobre mis hombros. «¿Cuántos más malos tragos me tiene reservados el destino antes de darme un maldito respiro?» El hombre que me rescató del fuego fue a la bodega porque era el invitado de honor. El hombre que me chocó en la calle venía de buscar al prometido traidor. Y el hombre que me había hecho tocar el cielo en esa cama era el dueño del apellido que yo estaba dispuesta a arrastrar por el fango de Chicago. —Bueno... —comencé a decir, dejando escapar una risa histérica que sonó espantosa en el silencio del dormitorio—. La buena noticia para ti es que no te perdiste de nada en ese departamento, Magnus. Y el regalo corporativo que llevabas no será necesario en absoluto... a no ser, claro, que se lo quieras dar directamente a mi media hermana Cynthia para celebrar su infamia. La confusión más absoluta se abrió paso en las facciones perfectas de Magnus. Frunció el ceño de una manera tan marcada que una línea profunda se dibujó entre sus cejas grises. Dio un paso decisivo hacia mí, sus hombros anchos bloqueando la luz del ventanal, su paciencia claramente agotándose ante mis acertijos. —¿De qué demonios estás hablando, Valerie? ¿Qué tiene que ver el compromiso de mi hijo con...? Antes de que tuviera tiempo de formular la pregunta completa, antes de que el muro de control que tanto lo caracterizaba volviera a levantarse, decidí soltar la bomba. Lo miré directamente a los ojos de acero, clavando mis palabras como puñales en su orgullo de billonario. —Yo soy la mujer con la que tu hijo estaba comprometido hasta hace tres días, Magnus —confesé, con una frialdad que ni yo misma sabía que poseía—. Yo soy la mujer a la que dejó encerrada en una bodega en llamas porque "pesaba demasiado" para ser salvada. Yo soy la directora ejecutiva a la que su padre quiere despojar para beneficiar a los nuevos amantes. Di un paso al frente, acortando la distancia que él mismo había sembrado, obligándolo a procesar cada una de mis sílabas. —Yo soy Valerie Grand. Soy la ex prometida de Julián. Y anoche... te metiste en la cama con la mujer que ha jurado destruir a toda tu descendencia.






