El beso comenzó como un refugio y se transformó de inmediato en una llamarada incontrolable.
La adrenalina de la supervivencia, el alivio de saber a nuestro hijo a salvo y el amor profundo que nos profesábamos rompieron la última barrera de contención.
La boca de Magnus se abrió sobre la mía con una urgencia contenida.
Su lengua invadiéndome con lentitud deliberada, saboreándome como si necesitara confirmar que realmente estaba viva, que realmente estaba allí, entera, entre sus brazos.
Gemí