Cynthia.
El jarrón de cristal importado se estrelló contra la pared de mármol del salón, reduciéndose a mil pedazos que saltaron en todas direcciones.
El estruendo resonó por todo el penthouse de mi padre, pero el sonido apenas logró apaciguar el fuego de rabia que me quemaba las entrañas desde que había salido de aquella maldita sala de reuniones.
—¡Es una maldita perra! ¡Una maldita perra descarada! —grité, fuera de mí, apretando las manos en puños mientras mi respiración agitada amenazaba c