VII. El Cuarto Sello
La mujer en la iglesia murmuraba frases sin sentido desde hacía horas. Ojos vidriosos. Boca seca. Un sacerdote temblaba en una esquina. Nadie se atrevía a tocarla desde que, sin previo aviso, se arrancó las uñas y las arrojó al altar como si fueran pétalos de rosa. Ahora estaba quieta. Demasiado quieta.
Un susurro en otro idioma rompió el silencio.
—Non est hic… sed venit.
El sacerdote tragó saliva. Fue entonces cuando ella se alzó de golpe y gritó:
—¡NO SOY TU MADRE, PEDRO! —Y se arañó el rost