Solté la mano y reí con amargura.
—¿Acabas de decir bebé...?
—Sí, Killian. Nuestro bebé.
Volví a reír, con amargura.
—¿De verdad tienes el descaro de decir eso?
Se puso rígida.
—¿De qué estás hablando?
—¿Crees que no sé de tus pequeños trucos? ¿De que intentas endilgarme a ese bastardo?
—¿D-de qué hablas, Killian?
Reí con frialdad.
—Ah. Ahora te haces la desentendida, ¿no?
Me incliné, con los codos sobre la mesa, mirándola directo a los ojos.
—¿Mi silencio te da la impresión de que n