Rebeca no cabía de felicidad; aún estaba incrédula de lo que estaba viviendo. Miraba a Diego con una expresión de ternura, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza. La clínica, con sus paredes blancas y el suave murmullo de las conversaciones a lo lejos, parecía un mundo aparte, un lugar donde la esperanza y el temor coexistían. Era el comienzo de una nueva vida con la que siempre soñó Rebeca.
—¿Mi amor, pero acaso estás hablando en serio o solo lo hiciste para molestar a María? —preguntó Re