La culpa me carcomía por dentro mientras caminaba hacia la casa. Había dejado que Alexis me besara y me tocara, a pesar de que estaba intentando algo con Gabriel. No podía sacarme de la cabeza lo traicionero que era todo aquello.
Cuando llegué, Gabriel estaba sentado en el sofá, leyendo un libro. Al verme, cerró el libro y me sonrió, pero en sus ojos había una pizca de preocupación.
—¿Dónde estuviste toda la tarde? —preguntó con suavidad.
Sentí cómo la culpa se intensificaba. No podía mir