Nos soltamos de ese dulce beso y lamo mis labios, saboreando el sabor que él ha dejado en mí. Le sonrío tímidamente y me toma de la mano hasta guiarnos a la misma mesa de antes; tomamos asiento, acerca su silla hasta que su rodilla choca con la mía y se inclina hacia adelante, apoyando sus codos en sus muslos mientras entrelaza sus dedos. Su anterior semblante tierno se ha transformado por uno más serio e intrigante. ¿Qué más sorpresas hay?
—Ya lo sabía —suelta sin más—. No todo, pero me hacía u