“Olvidas que te conozco mejor que tú, hermano”. Tomó asiento frente a mí.
“Ava”. Su nombre se escapó de mi boca en tono angustiado.
“Te preocupas por ella”.
“Claro que me importa, joder. Es la madre de mi hijo”, le espeté con frustración.
Todo el asunto me estaba frustrando. Ella estaba fuera de control y yo no sabía cómo ayudarla. No sabía cómo ser lo que ella necesitaba. Había pasado tanto tiempo alejándola que no sabía qué la hacía mover.
“Es más que eso, hermano, pero te niegas a a