Cuando alguien gritó ‘cerebro’, los yakuza, que solían ser duros como una roca, de repente sintieron arcadas.
Habían matado antes, pero nunca se habían enfrentado al peligro real, ya que contaban con la protección del clan Yamaguchi-gai.
Pero ahora, al darse cuenta de que a su camarada le habían volado el cerebro, y en ese entorno completamente oscuro y sin nada en qué depender, no cabía duda de que aquello era el infierno.
Alguien gritó: “¡Dispara! No importa quién esté ahí. ¡Dispárales!”.