El contrabandista no temía en absoluto que huyeran porque no los llevaba directamente a Estados Unidos, sino primero a México.
En cualquier caso, mientras estuvieran en el barco del contrabandista, ellos eran como los esclavos que vendían los europeos entonces, y si vivían o morían estaban en manos del individuo.
Los que eran obedientes podían vivir hasta que el barco atracara, mientras que a los desobedientes les ataban piedras a los pies antes de arrojarlos al mar en el acto para hundirlos