**GRAYSON**
Solo pude resignarme cuando Quinn me quitó la camisa y me bajó un poco los pantalones. Al fin y al cabo, era por mi propio bien. Porque, la verdad, los pellizcos de Quinn dolían mucho. Lo había estado aguantando desde ayer porque, en realidad, me daba vergüenza.
«Quédate ahí. No te muevas ni me sigas», me advirtió Quinn.
«¿Adónde vas?», le pregunté, curioso.
«A por una bolsa de hielo y pomada. No quiero que te moleste al jugar».
«Cariño, no te preocupes. No es nada. A menudo me sale