El vestido que decidí utilizar era simple pero hermoso, de color champán y cortado con una elegancia que gritaba exclusividad. Me sentía una princesa, pero de las actuales. Los tacones, también regalo de Holden, eran lo suficientemente altos como para darme estatura, pero no para tambalearme.
Me miré en el espejo por última vez y solté un suspiro de satisfacción.
Esta no era yo, pero era la versión que siempre debería haber sido.
Si no hubiera dejado que Amira acabara con toda mi autoestima, es