—No esperes nada de mí. Vete y no regreses nunca más a mi vida.
Ella comprendió que no podía hacer nada más y se puso en pies.
—Me iré, espero que algún día puedas perdonarme —expresó.
Con eso, ella se dio la vuelta y salió de la oficina, dejando a Alexander solo con sus pensamientos atravesados, y la lluvia que continuaba cayendo lo envolvió en un lugar lugubre.
Pronto las lágrimas escaparon. Se sintió un idiota, un imbécil al sollozar como un crío.
***
Cuando Alexander llegó a casa