CAPÍTULO 87

—No esperes nada de mí. Vete y no regreses nunca más a mi vida.

Ella comprendió que no podía hacer nada más y se puso en pies.

—Me iré, espero que algún día puedas perdonarme —expresó.

Con eso, ella se dio la vuelta y salió de la oficina, dejando a Alexander solo con sus pensamientos atravesados, y la lluvia que continuaba cayendo lo envolvió en un lugar lugubre.

Pronto las lágrimas escaparon. Se sintió un idiota, un imbécil al sollozar como un crío.

***

Cuando Alexander llegó a casa
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